Publicaciones
de Américo Negrette (Fragmentos)
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Tiempos
de Arena y Cujíes Era
de noche siempre cuando la arena y yo, tejíamos amores. Era el
suave deslizarse de los granos por los dedos. Caían chorros pequeños
a mis pies; y, con hilos de sílice, tejía sueños
y bordaba pupilas a la noche oscura. Muchas veces, adultos y niños
juntos, jugábamos juegos infantiles límpidos. Pero las
más, se decían cuentos para tímpanos tensos. Se
corría y se sudaba mucho. ¡Ah! Inolvidables baños
nocturnales de arena y cariño. Las bisabuelas, y las abuelas,
se desvivían por atender a los niños. Las madres, menos.
El cansancio llevaba los huesos a la hamaca, y las pesadillas infantiles
repetían las historias de muertos.
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Prosa
Corta En
la tarde, a las cinco, una mortaja blanca de algodón neblinosos,
se abraza de la copa de los pinos y cubre las montañas; las tapa,
las esconde, las vuelve inexistentes. El frío es, entonces, prestidigitador.
Y la niebla alcahueta. A la entrada, dos hileras de pinos casi viejos,
pequeños, redondeados, ponen la cara alegre. Alegre es todo aquí.
Hasta las mismas piedras, son buenas con quien llega. En la noche, se
duerme sin soñar con nada; porque esto, es un sueño ya.
(Pág 10)
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Otoño
en Maracaibo La
primavera es el nacimiento, la niñez, la pubertad, la juventud.
La edad adulta es el verano; la madurez. El otoño es la vejez;
la ancianidad. El invierno es el frío de la vida. Es la muerte.
Esas cuatro estaciones que tiene el tiempo en otras partes, no están
en Maracaibo. No habitan esta geografía tan cálida y violenta.
Aquí es verano siempre. Pero el hombre sí. El hombre tiene
invierno. Le llegará la muerte; fatalmente. Igual ocurre con
el otoño nuestro. Casi siempre pasa desapercibido. Para el tiempo
sí, pero no para el hombre. El hombre sabe que llega el otoño,
cuando presiente las nieves del invierno. Muchos, muchísimos,
le temen al invierno. Le temen a las últimas de las estaciones.
En cambio yo, he vivido disfrutándolas todas. Ahora, es mi tiempo
de otoño; y lo disfruto. Porque no pienso en el invierno ni le
temo al invierno, soy feliz en otoño. Enfrentar los problemas,
es vivir. Con todo y sus aristas duras, la vida vale la pena de vivirla.
Soy un viejo, contento de ser viejo. Luzco mis canas, como si fueran
condecoraciones. Ser testigo de mi tiempo, es la intención que
tengo, cuando escribo pedazos de la vida vivida en la ciudad que amo,
en el otoño de la existencia mía.
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Ciudad
de Fuego …Creo
que vale la pena escribir sobre la vida simple; y que, la existencia
de un hombre corriente, puede contener algunas experiencias dignas
de ser contadas.
He decidido reunir en una sola obra, gran parte de lo escrito. Supongo que las cosas dispersas que escribí, sean libros o poemas, artículos, relatos, o frases o discursos, son cuentas de un collar que, durante un tiempo, estuvieron separadas. Ahora, a través de un agujero imaginario, les he pasado el hilo del tiempo para unirlas, y les he puesto el nombre que Maracaibo se merece. Es mi tributo a la ciudad que amo. A la ciudad que siendo como es, áspera y cruel; que estando como está, llena de sol, ira y de barbarie, tomó mi existencia entre sus manos, y cobijó mis suelos, y los hizo verdades. |
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Palmarejo
En
palabras de su escritor, “este libro
trata de unos apuntes hechos sobre la materia prima de algunos sucesos
de medicina rural”. El texto muestra la experiencia vivida como
médico rural el caserío de Palmarejo. No sólo presenta
las distintas enfermedades tratadas, sino que hace una descripción
del lugar, de la vegetación, el clima, las condiciones de vida,
la flora y la fauna.“Nos hemos limitado a dejar expuesto lo que
hicimos, tal y como lo hicimos, sin consultas ni correcciones de ningún
tipo. Así esperamos que, siquiera, nuestro trabajo tenga el honesto
valor de todas las cosas que nacen de la simple verdad”.
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