Aproximación psicoanalítica

Freud (1917) considera que las tres premisas de la melancolía son la pérdida del objeto, la ambivalencia y la regresión de la libido al yo - "la sombra del objeto cae sobre el yo" -. En otras palabras, tienen que ver con la pérdida del objeto amoroso y sus vicisitudes.

"¿Quiénes son los padres del Amor?" - pregunta Sócrates a Diótima (Platón (1980))- y esta le contesta: "El día que nació Venus hicieron los dioses gran festín; entre los dioses se hallaba Expedito, el hijo de Inventiva. Terminado el banquete, y al olor de los manjares, vino Apurada [o Penuria] a pedir limosna y se puso junto a la puerta. En estas, Expedito, borracho de néctar salió y se fue al glorieta de Júpiter y allí, de pesadez, se durmió. Entonces sus propios aprietos propusieron a Penuria la trampa de que hiciese dar un hijo de Expedito; yogó, pues, con Él y concibió a Amor. [...] Como hijo, pues de Expedito y de Penuria encuéntrase Amor en situación bien peculiar. Porque primeramente anda Amor siempre en apuros; y le falta mucho para ser delicado y bello, como de El piensan los más; anda, por el contrario, seco, sucio, descalzo y errabundo; eterno durmiente al raso sin otra cama que el suelo, los caminos o los umbrales de las puertas. Que, en virtud de la naturaleza de su madre, es casero de indigencia".

El niño que se enfrenta reiteradamente a sus necesidades y afectos insatisfechos, se angustia y teme su muerte, se vuelve indigente de amor, hijo de Penuria, y su yo queda empobrecido por efecto del amor frustrado, de su depresión y del agotamiento de sus neurotransmisores y sistemas adaptativos. Esto es lo mismo que revive el adulto depresivo. Considero que las ansiedades paranoides y depresivas ante las pérdidas y necesidades amorosas insatisfechas - por una combinación variable, y a veces directamente proporcional, de requerimientos constitucionales excesivos y frustraciones innecesarias - así como los mecanismos de defensa correlacionados con estas, conducen a una tensión más o menos permanente que genera un estado de desesperanza y agotamiento, tanto psíquico como fisiológico.

Hueso y Mora (1986) realizamos un estudio con 17 pacientes depresivos, encontrando que la ansiedad y la depresión aumentaban de intensidad en forma paralela al ser medidas con las Escalas de Hamilton, aunque según el test de Rorschach los más severamente deprimidos presentaban menos elementos de ansiedad. Igualmente se producía una mejoría paralela con el tratamiento con el antidepresivo Imipramina. Planteábamos entonces, que ante el stress se reactivan las experiencias traumáticas anteriores, los duelos, así como los peligros temidos en el pasado, sirviendo la ansiedad como señal, pero cuando el proceso es muy intenso y sostenido la angustia deja de servir como alarma. Como si existiese un umbral a partir del cual la depresión toma primacía en el cuadro y la ansiedad comienza a disminuir, aunque sin desaparecer - "el yo se abandona a la muerte" -. Otra alternativa podría ser que la ansiedad también continúe aumentando, pero sea percibida como aniquilación. Esto es, como señalaba Bleger (1983), que cuando el nivel de desorganización es muy intenso, la ansiedad deja de funcionar como señal de alarma y por encima de este umbral la desorganización subsiste y con ella la tensión y la ansiedad.

Freud, cuando estudiaba las neurosis actuales, planteó su primera teoría de la angustia, según la cual era la represión la que producía la angustia. Era una explicación de orden económica, ya que pensaba que la excitación acumulada se transformaba en angustia, por lo tanto se trataba de una angustia del Ello. En 1926 plantea su segunda teoría de la angustia: ya no es la represión la que crea la angustia, sino la angustia la que crea la represión. Ya no es una angustia del ello, sino una angustia del yo. Sin embargo, en el caso de la neurosis traumática, "es quebrada la protección contra los estímulos exteriores y en el aparato anímico ingresan volúmenes hipertróficos de excitación" (angustia automática). Distingue entre la angustia como reacción directa y automática frente al trauma, que es una vivencia de desvalimiento del yo frente a una acumulación de excitación, sea de origen externo o interno, que aquel no puede tramitar (de hecho, así definió desde un principio lo que es un trauma). En cambio, la angustia señal es la respuesta del yo a la amenaza del trauma pero comparte con la anterior el implicar la separación o pérdida de un objeto amado o la pérdida de su amor. Ambas conducen a una situación de desvalimiento ante la insatisfacción y el aumento de la tensión de necesidad, que originalmente es la ausencia de la madre.

Considero que este vértice económico de la metapsicología de la angustia y la depresión se subestima y, junto con el tópico y el dinámico, tiene gran correlación con los hallazgos biológicos posteriores, como intento mostrar.

Cuando H. Rosenfeld (1959) hizo su revisión sobre los aportes de distintos autores a la psicopatología de la depresión, encontró que una serie de rasgos característicos se repetían. Casi todos coincidían en la importancia de los factores constitucionales y biológicos; en la importancia de la agresión, del incremento de la ambivalencia y del instinto de muerte y la envidia; en la importancia de la oralidad y su relación con la introyección e identificación; del narcisismo y de la severidad del superyó, etc.. Después, J. Wisdom (1962) realizó un estudio sobre las teorías psicoanalíticas de la depresión en el que observó que clásicamente la melancolía era la reacción a la herida narcisística, mientras posteriormente se ha considerado producto de las dificultades en tramitar las ansiedades esquizoparanoides y depresivas y, por tanto, elaborar adecuadamente la posición depresiva. Considera que, apartando la hipótesis de la reparación, en la teoría de la posición depresiva no hay nada que no concuerde con la teoría clásica. Lo que añade Klein es que cuando no se tolera la ambivalencia, no se siente la culpa ni se logra la reparación; se fracasa en elaborar la posición depresiva reinstalándose la posición esquizo-paranoide. Muchos han descrito la interrelación entre estos factores constitucionales y los mecanismos de defensa utilizados, con la respuesta de la madre (reverie, holding) ante estos.

El yo del bebé se tiene que enfrentar desde un comienzo al instinto de muerte y a la ansiedad que le produce la realidad externa. La ansiedad, según Klein (1952), proviene de la percepción del instinto de muerte -miedo al aniquilamiento-, del temor a la retaliación del objeto por las agresiones al mismo y por la intensificación de los sentimientos persecutorios debidos a las experiencias penosas externas, como el dolor y la frustración. Por otra parte, a la envidia se la puede considerar la primera externalización directa del instinto de muerte, ya que ataca a la fuente de vida. Si la envidia es muy intensa, interfiere con el funcionamiento normal de los mecanismos esquizoides.

Para Klein, en la posición esquizo-paranoide, la ansiedad predominante es paranoide, se teme que el yo sea aniquilado. En cambio, en la posición depresiva la ansiedad predominante parte de la ambivalencia y del temor de haber destruido o llegar a destruir al objeto. Por ello surgen el duelo, la culpa y el deseo de repararlo. Generalmente estos dos tipos de ansiedades se entremezclan.